Verónica Bellomo

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Verónica Bellomo - origen
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ORIGEN

Lo que la vida no irradia, este pobre silencio de la risa velado en la intimidad del ser, la muerte tiene –muy raras veces- el poder de ponerlo al desnudo.
George Bataille, Lo imposible

En el origen de la vida, la muerte. Cada pétalo que se despliega acerca el momento para la flor de caerse de la rama. Cada destello de luz anuncia, inexorable, la oscuridad por venir. No hay revelación en esta certeza, no es el asombro lo que guía la mirada por la curva de esa espalda, las huellas en el barro, el lomo animal que remeda el cansancio, el peso de los días, el alimento que se da y que se toma. Es una constatación.

Una constatación que el instante de la toma detiene para velar ese desamparo que, ya expuesto, pide perderse en el olvido, en las rutinas cotidianas, en esos ciclos que de tan repetidos traen la ilusión de una eternidad.

Verónica Bellomo vuelve cada vez a su casa de la infancia y toma fotos de la actividad que da de comer a su familia: la cría de cerdos, esos animales que chillan como niños, esos que, dicen, tienen un sabor parecido a la carne humana. Es una actividad lúdica, dice ella que descubre en ese ritmo que lleva años –desde 2007- la luz cambiante de las diferentes horas, la corporalidad que se comparte entre las especies, la animalidad en los gestos más humanos. Y hay que creerle porque es jugando como es posible toparse con ciertas certezas: somos esta maraña de vísceras y huesos, este latido, estos humores que van y vienen y que un día dejarán de circular.

Pero mientras tanto, mientras tanto estos recorridos, este ímpetu por dejar algo quieto, algo que diga nuestro nombre, que pueda “habitarse y revivirse”, como dice Bellomo, aunque más no sea para tomar conciencia de lo que ya no se es. Para que el contraste diga, aun con una palabra que puede perderse en el viento o entre las patas en el barro, eso que sí, que sí se es.

Marta Dillon